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Desde ese tiempo Adán y Eva empezaron a ver el mundo como adultos, ya no como niños. Reconocieron los peligros que amenazaban detrás de cada árbol. Empezaron a preocuparse por su comida y por lo que podía pasarles el día de mañana si no empezaban a buscar sus propias proviciones. Entonces empezaron su jornada dentro del mundo de lo desconocido, dejando atrás a su guía y maestro, quien nunca había pensado dejarlos ver su magia, por lo menos no a su desarrollo espiritual tan temprano. El trauma emocional con que tropezaron Adán y Eva formó el mundo de hoy. Esto creó la cólera, el miedo, la envidia, los celos y muchas más motivaciones y emociones negativas que en la actualidad nos presenta un mundo ardiendo...
El asunto se resume así: Jesús quiere que nosotros veamos otra vez el mundo a través de los ojos de un niño, que dejemos de estar preocupados por el mañana, dejándolo todo a opción de él, quien nos proveerá con todo lo que necesitemos. Quiere que empecemos a soñar otra vez, soñar acerca de lo que aparentemente es imposible, un concepto que nuestra lógica adulta llama “tonterías”. Él quiere que olvidemos leyes físicas de probabilidad, la lógica humana y toda aquella tecnología mundana que nos impide a creer que hay aun más de lo que podemos ver. Milagros, risa, regocijo, la habilidad de dejarlo todo y dejar que el sol brille en nuestra cara, y enseñemos una gran sonrisa que ha dejado nuestra vida hace mucho tiempo.
En lugar de ello hemos reemplazado esta magia con portafolios, tarjetas de crédito, hipotecas.
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